SALIR - Capítulo III y último

 



III. Salir

La libertad compartida

Toda espera termina algún día.

Las puertas volvieron a abrirse.

Las calles recuperaron el rumor de las conversaciones. Los parques volvieron a llenarse de niños. Las plazas recuperaron el sonido de los pasos y las terrazas comenzaron, poco a poco, a parecerse a aquellas que habíamos dejado atrás.

Sin embargo, nada era exactamente igual.

Tampoco nosotros.

Habíamos aprendido que la libertad no era un paisaje permanente. Era una construcción frágil que necesitaba del cuidado de todos.

Salir dejó de ser un acto automático.

Cada abrazo tenía un significado distinto.

Cada encuentro contenía una gratitud que antes pasaba inadvertida.

Cada viaje, por pequeño que fuese, recordaba que durante un tiempo incluso los caminos más cercanos parecieron inalcanzables.

La experiencia compartida nos había hecho descubrir algo que siempre estuvo delante de nuestros ojos.

Nadie vive completamente solo.

La salud de uno afecta a la de todos.

Las decisiones individuales terminan alcanzando a la comunidad.

La responsabilidad dejó de ser una palabra abstracta para convertirse en un gesto cotidiano.

Quizá esa sea una de las paradojas más hermosas de la libertad.

Solo alcanza toda su plenitud cuando piensa también en los demás.

No volvimos al mismo mundo.

Volvimos a un mundo que conocía mejor su fragilidad.

Y también su capacidad para reconstruirse.

Con el paso del tiempo, muchas costumbres regresaron. El ruido volvió a ocupar las calles. Las agendas recuperaron su velocidad. Los días volvieron a llenarse de compromisos.

Es posible que incluso hayamos olvidado algunas de las lecciones aprendidas.

Pero los umbrales dejan huella.

Quien ha atravesado uno importante nunca vuelve exactamente al mismo lugar del que salió.

Siempre conserva una mirada distinta.

Quizá más serena.

Quizá más agradecida.

Quizá más consciente de que lo verdaderamente importante rara vez hace ruido.

Hoy volvemos a cruzar puertas sin pensar en ellas.

Y eso es una buena noticia.

Pero de vez en cuando conviene detenerse unos segundos antes de salir.

No para recordar el miedo.

Sino para recordar el valor de aquello que tantas veces damos por hecho.

Porque las puertas permanecieron inmóviles.

Los que cambiamos fuimos nosotros.

 Epílogo

 Los umbrales no desaparecen cuando termina una etapa. Siguen apareciendo, con distintos nombres y distintos rostros, a lo largo de toda la vida.

Unos llegan sin avisar.

Otros los elegimos.

Todos nos invitan a abandonar una forma de entender el mundo para descubrir otra.

Quizá por eso nunca terminamos de cruzarlos.

Cada experiencia importante deja una puerta entreabierta hacia una versión más consciente de nosotros mismos.

Y tal vez esa sea la verdadera libertad: comprender que no son las puertas las que nos transforman, sino el valor de atrevernos a cruzar los umbrales que la vida pone delante de nosotros.


@Joaquín Lourido


Comentarios

  1. Una buena reflexión, Joaquín...Las circunstancias nos van cambiando, pero debemos seguir cruzando puertas y superando pruebas...La vida es así, nos va enseñando de qué forma podemos mejorar y superar el espíritu, que es el que verdaderamente nos hace libres, amigo.
    Mi abrazo entrañable y mi ánmo siempre.

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    1. Gracias amiga por tu presencia y gran aporte en lo que dices. Sé que viniendo de ti lo mencionas con toda sinceridad y esa es la mejor prueba de apoyo que uno puede tener. Muchas gracias de corazón Ma. Jesús. Un abrazo gigante y que tengas un feliz fin de semana en este mes de vacacional.

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En el fulgor del horizonte estoy naciendo y soy el día que llega para cuidarte. @Joaquín Lourido