Los tres umbrales - No puedo salir (Capítulo I)

 


Tres ensayos sobre el desconcierto, la aceptación y la libertad

Apertura

Hay puertas que separan habitaciones y puertas que separan épocas de una vida. Las primeras se cruzan con un paso; las segundas, con una transformación. Los textos que siguen nacen de un tiempo en el que una puerta dejó de ser un objeto cotidiano para convertirse en un símbolo.

No hablan únicamente de un acontecimiento que marcó al mundo, sino de un viaje interior que muchas personas emprendieron sin darse cuenta. Un viaje que comenzó con el desconcierto de no comprender lo que sucedía, continuó con el lento aprendizaje de aceptar una realidad inesperada y terminó descubriendo que la libertad nunca vuelve exactamente igual que se fue.

Todo umbral exige dejar algo atrás para poder avanzar. Cruzarlo no consiste únicamente en cambiar de lugar, sino en cambiar de mirada.

Quizá por eso, con el paso de los años, no recordaremos tanto las puertas que permanecieron cerradas como las que se abrieron dentro de nosotros.

I. No puedo salir




El desconcierto

Hay momentos en la historia en los que una frase tan sencilla como «no puedo salir» adquiere un significado completamente nuevo. Durante años la pronunciamos por cansancio, por enfermedad o por falta de tiempo. Nunca pensamos que pudiera convertirse en una realidad compartida por millones de personas al mismo tiempo.

Aquellos primeros días no comenzaron con el silencio. Comenzaron con el ruido. El ruido de las noticias que se sucedían unas a otras, de las conversaciones llenas de incertidumbre, de los teléfonos que no dejaban de sonar, de las cifras que crecían sin que nadie supiera exactamente hacia dónde nos dirigíamos.

Después llegó el silencio.

Las calles vacías nos enseñaron una imagen que pertenecía más a la ficción que a la vida cotidiana. Las plazas dejaron de ser lugares de encuentro. Los parques dejaron de escuchar las voces de los niños. Incluso el aire parecía moverse con una prudencia desconocida.

No era únicamente el paisaje el que había cambiado. Había cambiado nuestra relación con él.

Por primera vez comprendimos que la normalidad nunca había sido un derecho adquirido. Era un regalo tan cotidiano que habíamos dejado de verlo. Caminar sin pensar, abrazar sin medir la distancia, entrar en una cafetería, esperar un autobús, perder el tiempo mirando un escaparate... Todo aquello que parecía insignificante adquirió, de repente, el valor de las cosas imprescindibles.

La libertad posee una curiosa costumbre: pasa inadvertida mientras existe. Solo cuando desaparece comenzamos a descubrir los pequeños gestos que la componían.

Sin embargo, el desconcierto no provenía únicamente de permanecer dentro de casa. Lo verdaderamente difícil era convivir con la incertidumbre. El ser humano necesita comprender para poder aceptar. Necesita imaginar un horizonte. Aquellos días parecían carecer de horizonte. Cada jornada modificaba las certezas de la anterior. Lo que ayer parecía imposible, hoy era obligatorio. Lo que esta mañana parecía seguro, por la tarde dejaba de serlo.

Aprendimos una palabra que apenas utilizábamos: provisional.

Todo era provisional. Las decisiones, los planes, las noticias, las esperanzas. Incluso el calendario perdió parte de su sentido. Dejamos de contar los días por las fechas y comenzamos a contarlos por los acontecimientos. El tiempo dejó de avanzar hacia adelante para instalarse en una especie de presente continuo donde cada mañana se parecía demasiado a la anterior.

Fue entonces cuando la casa empezó a transformarse.

Hasta ese momento había sido el lugar al que regresábamos después de vivir. De pronto se convirtió en el lugar donde ocurría toda la vida. Entre aquellas paredes trabajábamos, estudiábamos, celebrábamos cumpleaños, hacíamos ejercicio, discutíamos, reíamos, llamábamos a quienes echábamos de menos y aprendíamos a convivir con nosotros mismos durante más horas de las que jamás habíamos imaginado.

No todos descubrieron la misma casa.

Algunos encontraron un refugio. Otros sintieron que las paredes se estrechaban cada día un poco más. Hubo quienes aprendieron a escuchar el silencio y quienes descubrieron que el mayor ruido provenía de sus propios pensamientos.

Quizá esa fue una de las lecciones menos visibles de aquel tiempo. Cuando el mundo redujo su velocidad, cada persona tuvo que encontrarse consigo misma. Y ese encuentro nunca resulta sencillo. Solemos conocer mejor nuestras obligaciones que nuestra propia compañía.

Comprendimos también que el miedo tiene muchas formas. Existe el miedo a enfermar, el miedo a perder a quienes amamos, el miedo al futuro, el miedo al trabajo, el miedo a quedarse solo y, quizá el más silencioso de todos, el miedo a no saber cuándo terminará aquello que estamos viviendo.

Sin embargo, incluso en medio del desconcierto comenzaron a aparecer pequeños gestos que apenas ocupaban espacio en los informativos. Vecinos que se saludaban desde los balcones sin haberse mirado nunca antes. Personas que hacían la compra para quienes no podían salir. Profesionales que sostuvieron la vida mientras el resto permanecía detenido. Familias que descubrieron el valor de compartir una mesa sin prisas.

La incertidumbre reveló algo inesperado: cuando las grandes seguridades desaparecen, son los pequeños gestos los que sostienen el mundo.

Quizá por eso el verdadero significado de «no puedo salir» nunca estuvo únicamente en una puerta cerrada. Aquella frase escondía otra pregunta mucho más profunda:

¿Quién soy cuando todo aquello que daba por seguro deja de existir?

Es una pregunta que trasciende cualquier circunstancia histórica. Todos, tarde o temprano, atravesamos momentos en los que la vida nos obliga a detenernos. No siempre será una pandemia. A veces será una enfermedad, una pérdida, un fracaso o un cambio inesperado. Pero el desconcierto siempre comienza del mismo modo: cuando descubrimos que el camino que conocíamos ya no está delante de nosotros.

Y quizá sea precisamente ahí donde empieza el verdadero viaje.

@Joaquín Lourido


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