ENERGÍA

 



Ep = m·g·h

Ec = ½m·v²

Ep = Ec

m·g·h = ½m·v²

2gh = v²

20h = v²

v = √(20h)

Una fórmula puede parecer fría cuando se contempla desde fuera. Un conjunto de letras, números y signos que establece una relación precisa entre aquello que permanece contenido y aquello que entra en movimiento.

Pero quizá toda fórmula encierre algo más que su propia exactitud.

Si una energía contenida puede transformarse en movimiento, y el movimiento adquiere una velocidad determinada, ¿qué sucede cuando esa energía pertenece a una persona?

La sangre ya está ahí antes de que pensemos en ella. Circula silenciosa, perseverante, llevando consigo la vida. Y cuando el cuerpo se altera, cuando algo despierta en él, ese movimiento parece adquirir otro significado.

Entonces, sólo entonces, la sangre deja de ser únicamente sangre.

Se convierte en tránsito.

En migración.

En una corriente que atraviesa arterias y venas mientras el amor busca su propio camino.

Quizá la energía contenida de una persona no pueda medirse únicamente con una fórmula. Quizá también exista en aquello que no vemos: en la capacidad de sentir, de estremecerse, de acercarse al otro, de convertir el silencio en deseo y el deseo en presencia.

Y entonces el cuerpo deja de ser solamente materia.

Se abre.

Como se abre el Cosmos.

Las estrellas chispean a lo lejos mientras una mujer florece en la cercanía, exótica y terrestre, con sus pétalos y sus pistilos, abriendo camino al andar.

Una luz titila.

Y por un instante, todo parece encontrar su equilibrio, como si incluso el deseo pudiera obedecer a las leyes invisibles que sostienen la materia.

Equilibrio hidrostático.

Viento estelar.

Supernova.

Nebulosa planetaria.

Campo gravitatorio.

Bulbo galáctico.

Pico de Gamow.

Palabras distintas para nombrar un universo que continúa expandiéndose mientras, en algún lugar mucho más pequeño, dos cuerpos pueden acercarse hasta borrar la distancia que los separa.

Brotas como almagesto.

Como una constelación mágica que no necesita estar escrita en el cielo porque lleva su propio mapa sobre la piel.

Poros tatuados en cuerpo y alma.

El sol y la luna compartiendo la penumbra.

Y mientras afuera el universo continúa con su movimiento indiferente, aquí dentro permanece una voluntad sencilla:

Besarte quiero en la niebla oscura.

Contemplarte.

Abrazarte.

Amarte.

Hasta que la noche pierda su nombre.

Hasta que la energía contenida encuentre finalmente su movimiento.

Hasta que todo aquello que parecía separado —el cuerpo, la sangre, el deseo, las estrellas, la materia y el tiempo— encuentre durante un instante una misma dirección.

Y entonces,

hasta que el alba sea mujer.

@Joaquín Lourido


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