Vientos de primavera

 


Hay mañanas en las que el mundo parece recordar algo antiguo.

No ocurre de golpe.

Sucede lentamente, como si la luz avanzara por dentro de las cosas antes de tocar la superficie de los días.

Entonces las ramas comienzan a moverse de otra manera. El aire deja de atravesar los caminos para quedarse en ellos. Y sobre los tejados, entre árboles todavía húmedos de invierno, pequeñas formas invisibles empiezan a ocupar nuevamente el espacio.

No necesitan anunciarse.

Basta el temblor de una hoja, la oscilación de una sombra o ese instante en que el amanecer parece detenerse unos segundos sobre los campos para comprender que algo ha regresado.

La primavera nunca entra sola.

Trae consigo una corriente imposible de sujetar, una especie de respiración compartida que va despertando cuanto parecía inmóvil. Incluso el silencio cambia de forma. Se vuelve más cálido, más abierto, más cercano a la tierra.

Los pájaros conocen ese lenguaje antes que nadie.

Por eso aparecen primero, atravesando el cielo con trayectorias diminutas que nadie dirige y que, sin embargo, siempre encuentran su lugar. A veces basta escucharlos unos segundos para percibir que existen presencias que no necesitan imponerse para permanecer.

Hay cosas que sostienen el mundo sin ocuparlo.

Tal vez por eso ciertos sonidos apenas duran un instante y aun así continúan dentro de nosotros mucho tiempo después. Como el viento rozando una ventana abierta. Como las flores inclinándose suavemente antes de caer. Como esos vuelos breves que parecen perderse en la distancia y terminan formando parte del paisaje interior de quien los observa.

La naturaleza nunca ha dejado de hablar.

Solo ocurre que casi siempre llegamos demasiado tarde al silencio necesario para comprenderla.


@Joaquín Lourido

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