Dicen que hubo un tiempo en que la gente hablaba en voz alta.
En las plazas se discutía, en las mesas se debatía, en las
escuelas se preguntaba sin miedo. No era un mundo perfecto, claro que no. Pero
al menos las palabras circulaban como el aire: libres, desordenadas, vivas.
Nadie sabe exactamente cuándo empezó a cambiar todo.
La historia enseña que estas cosas nunca ocurren de golpe.
Siempre llegan envueltas en banderas, en promesas de orden, en discursos que
juran proteger a los “buenos ciudadanos”.
Así empezó en la Alemania de los años treinta.
Primero fueron bromas crueles contra minorías.
Luego vinieron los periódicos señalando culpables.
Más tarde, el miedo a opinar distinto.
Al final, ya nadie se atrevía a contradecir.
Lo mismo ocurrió en la Italia de Mussolini, en la España de
Franco, en tantas dictaduras de América Latina. El mecanismo era casi idéntico:
convencer a la gente de que el silencio era un deber patriótico.
La ciudad del cuento no fue diferente.
Un día comenzaron a circular mensajes simples, repetidos
hasta el cansancio: “Nos están quitando el país”, “ellos son los enemigos”,
“solo nosotros decimos la verdad”.
Parecían frases inofensivas, pero eran semillas.
Primero se burlaron de los periodistas.
Después los llamaron traidores.
Más tarde dejaron de creerles.
El mundo ya había visto ese guion antes. En la Unión
Soviética se perseguía a quien dudaba del partido; en Chile, durante la
dictadura, muchos aprendieron a no hablar por teléfono; en Argentina hubo
familias enteras que dejaron de opinar en público para no desaparecer.
La ciudad moderna, sin embargo, tenía una novedad: las
pantallas.
Ya no hacía falta quemar libros como en otras épocas. Bastaba
con inundar de ruido las redes sociales, confundir, cansar, dividir. La verdad
dejó de ser un acuerdo común y se convirtió en un campo de batalla.
El nuevo estilo de poder —que algunos llamaron trumpismo y
otros simplemente populismo autoritario— descubrió algo fundamental:
que una mentira repetida mil veces puede derrotar a una
verdad dicha con timidez.
Y la gente empezó a medir sus palabras.
No porque no tuviera ideas, sino porque aprendió que ciertas
ideas traían consecuencias. En Hungría se castigó a los medios críticos; en
Turquía se encarceló a periodistas; en Rusia opinar contra el gobierno se
volvió peligroso; en muchos lugares del mundo la discrepancia comenzó a verse
como traición.
La ciudad global fue adoptando la misma costumbre.
En las mesas familiares se evitaba hablar de política.
En las universidades algunos profesores preferían callar.
En los trabajos se recomendaba “no meterse en problemas”.
Era más cómodo así. Más seguro.
La sociedad empezó a quedarse dormida.
Dormida como lo estuvo Europa cuando se persiguió a los
judíos y muchos miraron hacia otro lado.
Dormida como lo estuvo Estados Unidos durante la segregación
racial, cuando era más fácil aceptar la injusticia que enfrentarla.
Dormida como lo estuvo el mundo cuando se permitió que la
desinformación se volviera más poderosa que la ciencia.
El cansancio se convirtió en una forma de obediencia.
Pero siempre, en todas las épocas, hay quienes se resisten.
En los regímenes más duros hubo escritores que hablaron en
metáforas, como hicieron los autores soviéticos para burlar la censura.
Hubo caricaturistas que denunciaron sin nombrar, como en las
dictaduras latinoamericanas.
Hubo cantantes que dijeron en canciones lo que estaba
prohibido decir en discursos.
La ciudad del cuento también empezó a defenderse con
historias.
Relatos que parecían simples pero recordaban lo esencial:
que ningún líder es dueño de la verdad,
que ninguna nación se salva odiando,
que la libertad se pierde cuando la gente se acostumbra a
callar.
Porque el silencio, cuando se vuelve costumbre, termina
pareciendo normal.
Los habitantes comenzaron a comprender algo que la historia
repite una y otra vez:
que los derechos nunca desaparecen de un día para otro; se
van apagando lentamente, mientras nadie protesta.
Ocurrió con la prensa libre en tantos países.
Ocurrió con los tribunales independientes.
Ocurrió con las minorías perseguidas.
Siempre empezó igual: con un chiste, con un insulto, con una
mentira tolerada.
Y así, casi sin darse cuenta, la ciudad se encontró
susurrando.
Sin embargo, también la historia enseña otra lección: ningún
silencio dura para siempre.
Un día alguien se cansa y habla.
Otro día alguien escribe lo que todos temen decir.
Aparece un maestro que enseña a pensar, un periodista que
insiste, un joven que pregunta.
Entonces el miedo retrocede un paso.
Así cayeron dictaduras que parecían eternas.
Así se derrumbó el Muro de Berlín.
Así terminó el apartheid.
Así volvieron a nacer democracias que parecían perdidas.
Porque cuando la gente despierta, ningún grito autoritario es
suficiente.
La ciudad del cuento todavía no ha despertado del todo.
Sigue mirando pantallas, repitiendo consignas, aceptando
versiones fáciles de la realidad.
Pero bajo ese sueño hay un murmullo creciendo.
Un murmullo de personas que recuerdan que pensar es un
derecho.
Que discrepar es sano.
Que la verdad no necesita permiso para existir.
Tal vez el futuro dependa de algo tan antiguo como valiente:
atreverse a hablar otra vez en voz alta.
Antes de que el susurro se convierta en ley.
Antes de que el miedo termine por gobernarnos.
@Joaquín Lourido

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En el fulgor del horizonte estoy naciendo y soy el día que llega para cuidarte. @Joaquín Lourido