Hay voces que no se apagan cuando se las expulsa; al contrario, se vuelven más nítidas. No porque griten, sino porque ya no tienen nada que perder. La historia de Gioconda Belli pertenece a esa estirpe de palabras que sobreviven al castigo, al exilio y al intento sistemático de borrado.
Gioconda Belli nació en Managua en 1948, en el seno de una familia acomodada. Nada en su origen la destinaba a convertirse en una figura incómoda para el poder. Sin embargo, desde muy joven eligió un camino poco complaciente: el de la palabra como experiencia viva. Su poesía —marcada por el erotismo, la afirmación del cuerpo femenino y la libertad— irrumpió en los años setenta como una voz radical en un contexto profundamente conservador. Antes de cualquier conflicto político, Belli ya desafiaba el orden establecido nombrando lo que debía permanecer oculto.
Su compromiso con el Frente Sandinista de Liberación Nacional no fue simbólico. Participó activamente en la lucha contra la dictadura de Anastasio Somoza, vivió el exilio y creyó en la posibilidad de una revolución ética. Tras el triunfo de 1979, su voz fue celebrada como parte del imaginario cultural del nuevo país: la poeta que encarnaba una Nicaragua posible, más justa, más libre, más humana.
Pero la coherencia tiene un precio cuando el poder se fosiliza. A partir del retorno de Daniel Ortega a la presidencia en 2007, y de forma especialmente visible tras las protestas de 2018, el país entró en una deriva autoritaria marcada por la represión, la concentración del poder y la cancelación sistemática de la disidencia. Organismos internacionales documentaron más de 300 personas asesinadas, miles de heridos y decenas de miles de exiliados. En ese contexto, el silencio dejó de ser neutral.
Gioconda Belli no calló. Criticó públicamente al gobierno, denunció la represión y señaló la distancia creciente entre los ideales revolucionarios y su ejercicio real. No habló como opositora profesional, sino como alguien que había estado dentro del proyecto y se negaba a justificar su degradación. Esa posición —la del testigo— resultó particularmente incómoda.
El castigo fue gradual y eficaz. Sus libros desaparecieron de programas educativos y bibliotecas públicas. Su figura fue desacreditada desde medios oficiales. Finalmente, en febrero de 2023, el Estado nicaragüense le retiró la nacionalidad, junto a otros 93 intelectuales, periodistas y defensores de derechos humanos, acusados de “traición a la patria”. Con la medida llegaron también la confiscación de bienes y la pérdida de derechos civiles. No se intentaba refutar una idea, sino borrar una presencia.
Sin embargo, el intento de silenciamiento revela más sobre el poder que sobre la autora. La censura que recae sobre Belli no se explica por una obra concreta ni por una consigna específica, sino por lo que representa: la fidelidad a una ética que no se adapta a los vaivenes del poder. Su escritura nunca fue propaganda; fue conciencia. Y la conciencia es incompatible con los sistemas que exigen lealtad absoluta.
Desde el exilio, Gioconda Belli continúa escribiendo y publicando. Su obra sigue traduciéndose y leyéndose en múltiples países. Participa en foros internacionales donde reflexiona sobre democracia, memoria y libertad de expresión. Lejos de apagarse, su palabra ha adquirido una dimensión universal: ya no habla solo de Nicaragua, sino de todos los lugares donde el poder castiga la crítica y premia el silencio.
La historia de Gioconda Belli no es la de una escritora silenciada, sino la de una palabra que se negó a aprender el idioma del miedo. Su expulsión del espacio oficial no es un fracaso personal, sino el síntoma de un poder que ya no tolera el recuerdo de lo que fue prometido. Allí donde el discurso se endurece, la conciencia se vuelve peligrosa.
Belli no fue castigada por lo que escribió, sino por lo que se negó a dejar de ser. En tiempos en los que el silencio se presenta como prudencia y la obediencia se disfraza de patriotismo, su trayectoria recuerda que la lealtad verdadera no es hacia un gobierno, sino hacia la dignidad humana. Y que hay exilios que, lejos de callar una voz, la colocan en un lugar más alto y más libre.
Como ella misma ha dicho:
«La patria no es un gobierno.
La patria es la gente, la memoria y la dignidad.»
Y también:
«El silencio puede ser cómodo, pero nunca ha sido inocente.»
Quizá por eso su palabra persiste. Porque no busca imponerse, sino recordar. Porque no levanta consignas, sino preguntas. Y porque, frente al intento de borrado, sigue demostrando que una voz fiel a sí misma no necesita permiso para existir.
@Joaquín Lourido

Gracias por traérnosla.
ResponderEliminarUn abrazo.
Gracias a ti por leerme, Chema.
Eliminarun abrazo y feliz 2026.
I wish you a 2026 full of inspiration.
ResponderEliminar(ꈍᴗꈍ) Poetic and cinematic greetings.
Thank you my friend. Best regards.
EliminarMuy buen texto para dimensionar a Gioconda, poeta y novelista nicaraguense, de gran factura. Un abrazo. Carlos
ResponderEliminarGracias Carlos por tu presencia. Debería de haber muchas como ella.
EliminarUn cálido abrazo y feliz 2026 !